¿Por qué nos boicotea nuestro propio cerebro?

Biológicamente estamos programados para sentir miedo, pero se puede entrenar al cerebro para que nos inyecte motivación.

No estamos programados, al menos no cerebralmente, para lanzarnos a lo desconocido, aunque eso signifique nuestro éxito o desarrollo. En nuestro cerebro prima la supervivencia por encima de cualquier otra cuestión, incluida nuestra felicidad.

Nuestras conexiones neuronales tienen como misión analizar el mundo y alejarnos de aquello que pueda suponer una amenaza. ¿Se han dado cuenta de la cantidad de pensamientos disuasorios que solemos tener antes de iniciar algo realmente nuevo? Estas ideas las crea nuestro cerebro. Permítame decirle que las fabrica sin preguntarnos a nosotros o sin preguntar a nuestra parte racional que quizás generaría otro tipo de pensamientos más positivos y motivantes. Pero no, olvídese de que su cerebro le anime a afrontar nuevos retos si no ha podido mostrarle previamente que éste tendrá un final feliz y, sobretodo, seguro.

Es una cuestión fisiológica, queramos o no. El afán innato de supervivencia hace que nuestro sistema utilice sus herramientas para apartarnos del peligro. Las dudas y la tendencia a quedarnos en aquello que conocemos son herramientas cerebrales que utilizan nuestros núcleos amigdalinos, estructuras que velan por nuestra seguridad y encienden la alarma cuando vislumbran el más mínimo peligro. Pero he aquí el quid de la cuestión: es precisamente frente a la incertidumbre cuando demostramos si pertenecemos a la élite de quien sabe mirar más allá, si somos capaces de dar un paso al frente o si nos gana el miedo. En el mundo empresarial y deportivo esta pequeña gran diferencia es la clave del éxito. Me atrevo a decir que es lo que hace que una compañía pertenezca a la élite empresarial del desarrollo e innovación o al mainstream.

Dijo Aristóteles que el miedo es el sufrimiento que produce la espera de un mal. Desde le punto de vista científico, el pensador griego tenía toda la razón. El miedo no es sino la fabricación de nuestro cerebro de sufrimiento para que nos apartemos de aquello que él mismo anticipa como un mal porque no puede aventurar un final feliz. Pero no caigamos en la trampa de la biología. Que nuestro cerebro sólo opere en términos de éxito y fracaso, no significa que sea verdad, sino que él no es capaz de percibir, al menos no de forma innata, la gama de colores intermedios entre estos extremos.

Lo primero que hay que hacer cuando entrenamos el cerebro es reprogramarlo ejercitando áreas y conexiones neuronales para disminuir este miedo innato. Entiende, por desconocido, que el avance de la tecnología amenaza la vida de un servicio o producto, el inicio de un proyecto, cambios en la estructura organizacional de la empresa o de lugar. Estas situaciones nuevas malgastan mucha energía cerebral y física e inhiben el funcionamiento de áreas cerebrales más sofisticadas que sí son capaces de ver más allá de esta incertidumbre.

Nuestro córtex prefrontal, la parte más sofisticada de nuestro cerebro, se activa cuando nos sentimos seguros, cuando no hay miedo. Activa los mecanismos cerebrales necesarios para motivarnos y adentrarnos en lo desconocido. Si hay miedo, su funcionamiento se ve muy disminuido y, con ello, disminuye nuestra capacidad de pensar, de crear soluciones a problemas, de confiar en nuestra experiencia previa, de tener pensamiento estratégico, de poder dialogar y reflexionar. Se trata, por tanto, de hacer que nuestro cerebro trabaje a nuestro favor y no en contra, que no nos secuestre.

Curiosamente cuando nos rendimos a la tentación de estar en un lugar cómodo mental, de manera simultánea estamos rindiéndonos a probarnos en nuevas situaciones. Y por tanto, a demostrarnos que somos más que aquello que creemos ser. ¿Cuántas veces se ha sorprendido haciendo algo que a priori no se hubiera sentido capaz de hacer? ¿Y cuántas veces ese paso incómodo a lo desconocido le ha dejado una profunda sensación de satisfacción y desarrollo? En todas esas situaciones fue capaz de ganarle la partida a su cerebro asustadizo y por tanto, de vivir más allá del miedo.

Una inyección de motivación:

Las mentalidades de alto rendimiento están reconciliadas con esta sensación de falta de control como condición necesaria para alcanzar nuevas cotas de desarrollo y desempeño. No conozco a ningún gran directivo ni deportista que asegure sentirse cómodo gran parte del tiempo. La base de su éxito reside en sentirse razonablemente cómodo en la incomodidad de la incertidumbre. Pero, ¿cómo lograr que nuestro cerebro juegue a nuestro favor y nos inyecte motivación en vez de miedo? La respuesta está en nuestras frecuencias cerebrales, algo tan intangible para nosotros y que sin embargo dirige lo que sentimos y cómo reaccionamos ante ello. Digamos que las frecuencias cerebrales nos indican el grado de activación de nuestro cerebro, si lo hace de un modo calmado, estresado, atento o dormido, por ejemplo.

Cuando nuestro cerebro siente miedo, las frecuencias que predominan son hibeta, relacionadas con una gran activación de nuestros núcleos amigdalinos. Éstas nos defienden, nos hacen actuar desde la protección, la fidelidad a lo conocido y tienen la asombrosa capacidad de invadirnos con pensamientos preocupantes que auguran resultados catastróficos. Las frecuencias hibeta dotan de una inventiva poderosa y el cerebro que nos regalará multitud de excusas y dudas para que nos echemos atrás ante algo nuevo.

Pues bien, la reducción de estas frecuencias en favor de otras que sí nos permitan salir de este túnel de miedo es el cimiento sólido del alto rendimiento.

Más riqueza mental

Un cerebro capaz de producir frecuencias beta (concentración), alpha (calma) y theta (intuición y experiencia) es un cerebro de élite, que se sale de las limitaciones de la biología y que disfruta de mucha más riqueza mental. No estoy hablando de crear súper cerebros ni de entrar en algo que no nos esté destinado desde la biología, sino de conseguir superar las limitaciones propias de la inmadurez cerebral. Enseñar al cerebro a producir estas frecuencias es la manera de permitirle entrar en autopistas y olvidar carreteras secundarias llenas de curvas y solo se consigue ejercitándolo. El cerebro es susceptible de entrenamiento para que saque capacidades que tiene dentro pero que necesitan ser ejercitadas. Enseñarle a romper el miedo innato es una de ellas. Y es, además, una de las principales que debemos conquistar si queremos alcanzar nuevos estados, no sólo de desarrollo sino también de satisfacción.

Las personas que se benefician de que su cerebro trabaje para ellas son las que tienen más madurez cerebral para poder desafiar el miedo primitivo; tienen más flexibilidad cerebral para pasar a frecuencias propias de la motivación, el pensamiento abstracto y estratégico, de la calma interna, del pensamiento creativo y de la activación de memorias de éxito pasadas en las que encontrar la fuerza para afrontar nuevos retos.

Pero al igual que ocurre con nuestras aptitudes físicas, hay personas que genéticamente están más dotadas de bondades musculares que otras, lo cual no nos impide al resto trabajar nuestros músculos para desarrollar aquello que no hemos recibido por regalo genético. Del mismo modo, un cerebro de alto rendimiento no es necesariamente genético, sino que se forma, se entrena y sobretodo se disfruta. No en vano, tener un cerebro que trabaja para nosotros en vez de en contra nos lleva a lugares mentales que muchas veces no sabíamos que eran alcanzables. Simplemente, tenemos que activarlos. Y una vez activados, disfrutarlos porque, créanme que, una vida con menos miedo y más motivación es una vida mejor vivida.

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